Exclusión Digital Afecta Salud Mental en Periodos Escolares
Por Jaime Arizmendi
Argonmexico / La exclusión digital entre menores, adolescentes e incluso adultos, como quedar fuera de grupos de WhatsApp o no ser considerados en planes sociales, representa un factor de riesgo emocional que suele intensificarse durante los periodos escolares, advirtió la especialista en salud mental Mireya Nájera.
La maestra en psicología explicó que, aunque para las personas adultas pueda parecer un asunto menor, para adolescentes de entre 12 y 16 años este tipo de exclusión implica una pérdida real de vínculos, referencias compartidas y sentido de pertenencia, ya que gran parte de su vida social se desarrolla en entornos digitales. En esta etapa del desarrollo, señaló, no participar en conversaciones virtuales puede vivirse como una forma de aislamiento social.
Nájera Villeda detalló que los efectos de la exclusión digital se manifiestan tanto a nivel emocional como social, al generar inseguridad, frustración, tristeza persistente y una marcada sensación de rechazo. En el plano social, añadió, las y los adolescentes quedan fuera de información, decisiones y dinámicas grupales que son clave para reforzar su identidad y pertenencia dentro del grupo.
Indicó que, en la mayoría de los casos, no existe una causa clara para este tipo de exclusión, sino que suele responder a conflictos previos, dinámicas de popularidad o reacomodos internos. Esta falta de explicación, dijo, lleva a muchas personas adolescentes —e incluso adultas— a responsabilizarse de la situación, cuestionando su valor personal y su capacidad para encajar socialmente.
La psicóloga alertó que la normalización de estas prácticas puede convertirse en la antesala de formas más visibles de ciberacoso, cuando el rechazo deja de ser pasivo y se vuelve explícito. Por ello, consideró fundamental atender estos episodios con apoyo profesional en salud mental desde etapas tempranas, a fin de evitar consecuencias emocionales más graves.
Respecto a la detección, señaló que la exclusión digital suele ser silenciosa y difícil de identificar, pero existen señales de alerta como cambios bruscos de humor, irritabilidad, apatía, tristeza constante o conductas contradictorias en el uso del teléfono móvil. Algunos adolescentes, explicó, incrementan de manera excesiva su uso, mientras que otros optan por evitarlo por completo.
También mencionó que el aislamiento social, la falta de interés en actividades antes placenteras y la disminución del contacto con amistades son indicadores relevantes, los cuales pueden intensificarse durante los periodos vacacionales. Ante ello, subrayó la importancia de no minimizar estas conductas ni compararlas con experiencias adultas.
La especialista enfatizó que la escucha activa, la validación emocional y la ausencia de juicios son herramientas clave para que las y los adolescentes se sientan acompañados, ya que las expresiones que minimizan el problema pueden reforzar la sensación de incomprensión y soledad.
En materia de prevención, Mireya Nájera resaltó la relevancia de la educación digital como un componente central del desarrollo emocional, al señalar que lo que ocurre en entornos virtuales tiene efectos reales en la autoestima y en las relaciones personales. Sostuvo que enseñar a convivir de manera respetuosa en espacios digitales es tan importante como hacerlo en contextos presenciales.
Añadió que el ejemplo adulto desempeña un papel determinante, pues el uso equilibrado de la tecnología por parte de madres, padres y personas cuidadoras influye directamente en la forma en que las y los adolescentes se relacionan con sus dispositivos. Respetar tiempos de desconexión y priorizar la convivencia cara a cara, dijo, envía mensajes claros sobre hábitos saludables.
Finalmente, recomendó dotar a las y los adolescentes de herramientas prácticas para gestionar estas situaciones, como establecer límites en el uso del teléfono móvil, reducir la atención a dinámicas digitales que generan malestar y fortalecer alternativas de convivencia fuera de las pantallas. Afirmó que el acompañamiento familiar y el diálogo constante favorecen un uso más empático y saludable de la tecnología, especialmente en etapas de mayor vulnerabilidad emocional.
